Servicio de habitaciones (II)

Continuación de la historia “Servicio de habitaciones (I)”

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Me corrí sobre ella, apoyando mi carne en sus labios todavía tibios y salpicando su barbilla, su pecho y sus muslos con los chorros que eyectaba desquiciadamente. Todavía gimiendo, uniendo mi orgasmo con mi voz, le dije a la camarera que pasase, que estaba abierto. Oí la puerta y noté como cambiaba la composición de luz de la habitación mientras azotaba la boca de la rubia con mi polla. La camarera, al otro lado de la habitación, emitió un gemido casi mudo.

– Tranquila, no molestas, pasa.

Yo no la miraba, pero podía ver las sombras volviendo a invadir la habitación mientras la puerta se cerraba sola, lentamente. Ella veía una cama desecha, de sabanas blancas retorcidas, veía una chica de piel fina, blanca y sedosa tumbada sobre la cama, boca arriba, con las piernas entreabiertas, ofreciendole su regalo más preciado a la visitante. Veía una melena rubia cayendo por el borde de la cama. Veía sus dedos atrapados entre mis labios y veía mi sexo acariciando su cara restregando la lefa entre sus labios rojos.

Yo no la miraba, solo la escuchaba. La escuchaba quieta, mirando, temblorosa, con la respiración acelerada.

– ¿Te gusta? – le dije sin mirarla.

Apenas contestó con un carraspeo y con un movimiento torpe que hizo que cayera sobre un cojín algo que tenía entre las manos.

– Espera – le volví a decir, pero esta vez la observé fijamente – ¿cómo te llamas?

Balbuceó un nombre que no recuerdo y bajó la mirada hacia las sábanas que cargaba en las manos. Llevaba un uniforme sobrio pero con un sugerente escote, negro y blanco, al nivel de todo en este hotel. Me llamaron la atención los tacones negros, finos y demasiado sensuales, que torneaban unos gemelos elegantes, cubiertos por unas medias oscuras secuestradas por un liguero negro encajado a la mitad de los muslos que se vislumbraban desnudos y claros como la piel de sus brazos y sus manos gráciles y nerviosas coronadas por diez uñas rojas brillantes.

– Entonces, ¿te gusta?

En ese momento, sí que me miró. Me clavó sus ojos verdes bien abiertos durante unos segundos mientras admiraba sus labios carnosos entreabiertos y sus pómulos sonrosados. Se apartó el flequillo rojo de la frente y, extrañamente segura, me dijo:

– Las… los empleados del Hotel Galatea somos instruidos en la discreción, señor Irles.

No me apartaba la vista, que me hipnotizaba y mantenía mi deseo enhiesto. Me acerqué hacia ella, dejando caer delicadamente el brazo de la puta sobre la cama, como si estuviera vivo, y rodeando la cama llegué hasta ella.

– Sabe, señorita, me encanta este hotel – le susurré cuándo estaba a medio metro de ella, con mi miembro entre mis dedos.

– Y a nosotros nos encanta tenerle como cliente, señor Irles.

Olía a vainilla. Los vapores emanaban de su cuello desnudo, directos a mis sentidos, tiñendo la oscuridad de vetas rojizas. No miraba a sus ojos, embaucadores y valientes, fijos en mi respiración, pues mis sentidos se volcaban en el torrente de sensualidad que emanaba de los vellos erizados de su nuca.

– Me encanta, me encanta este hotel, señorita, pero tengo un problema en el baño. Lo descubrimos anoche, mientras disfrutábamos de la ducha masaje, ¿puede echarle un ojo?

– Claro, señor Irles.

Entonces me rozó, me sonrió bajando los párpados, pasó junto a mi, decidida y segura, y fue al baño, rozándome antes, con la yema de sus dedos, en el codo. Dirigiendo, ella, mis pasos tras su estela especiada. La rubia desapareció, desapareció toda la habitación, menos el camino que marcaba sus aromas, y la luz del baño que brillaba señalando el camino. Desaparecieron mis ansias nocturnas y aparecieron las matutinas, rodeadas de vainilla y destellos carmín que punzaban mis sentidos.

Entre tras ella al baño y le señalé el espejo de cuerpo entero junto a la ducha. Se acercó a él y con la uña de su dedo índice arañó los restos de carmín rojo restregados en el espejo.

– Me encanta, señorita, este hotel, pero…

Algo apuñaló mis sentidos oscureciendo la luz blanca del baño y dejando la frase a medias pero entonces ella se acercó más al espejo y con mi reflejo fijo en sus retinas, lamió su uña manchada de carmín rojo.

– Dígame, señor Irles – susurró mientras acercaba su mano a mi pecho – ¿cuál es el problema?

 

(continuará)

A. Irles

 

 

Imagen de Apollonia Saintclair.

 

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