Las pastillas que necesito (segunda parte)

Continuación del relato “Las Pastillas que necesito” escrito por mi amigo JD.

***

Pintura de Anna Dart

Pintura de Anna Dart


– Tengo que… – él dudó un segundo durante el cuál ella le recorrió las facciones dubitativas de la cara con la mirada – tengo que cerrar en breve ¿le importa que deje la persiana a medio bajar y luego busco lo… que necesita?

– Como vea, pero no tarde. Por favor.

Dejó las gafas sobre el mostrador y siguió apoyada en él, clavando la mirada en el hueco que el farmacéutico había dejado al ir hacia la puerta. Él la miró desde atrás, deslizando sus pupilas por sus tobillos angulosos y pálidos y sus piernas finas pero fibradas, ancladas al suelo como dos mástiles a un barco. Sus ojos continuaron acariciando su falda roja deleitándose un segundo en la redondez perfecta de su trasero y luego avanzaron por sus espalda hacia sus hombros que se agitaban al ritmo de una respiración entrecortada y violenta.

– Salga de aquí – susurró ella sin apartar la mirada del vacío dónde la había colocado segundos atrás.

– ¿Cómo dice?

– ¡Qué salga, coño!

– ¿Se encuentra bien?

Él desandó un paso yendo hacia ella, alejándose ligeramente de la puerta. Ella temblaba bajo sus hombros.

– Señorita, ¿se encuentra bien?

– ¡¡Salga!!

– Pero…

Dio otro paso hacia ella, alejándose un poco más de la salida. Ella se giró hacia él, furibunda, y lo paralizó con una mirada violeta de rabia. Sus ojos le atravesaron y sus labios cuarteados vibraban sangrantres mientras le tosió a la cara:

– ¡Márchese! ¡Joder! ¡¡Ya!!

Él trastabilló al dar un paso hacia la puerta y no cayó al suelo gracias al salto que dio, instintivamente, contra la misma. Ella le miraba con rabia y su cabeza parecía tirar de ella con fuera hacia él, como si de un tigre se tratara, pero sus uñas la aferraban violentamente al mostrador, llenándolo de sangre que chorreaba de sus dedos destrozados por el esfuerzo de soportar el impulso de su cuerpo de saltar sobre él. Repentínamente, su respiración se volcó y el violáceo de sus iris se volvió verde humano, del color que debió tener alguna vez.

– Váyase ya, por favor, y cierre la persiana – suplicó

Él consiguió salir y bajar la persiana, con el corazón en la boca y la adrenalina exprimiendo sus músculos hasta el límite. Una vez fuera, escuchó un grito animal contraído por un dolor infernal y luego escuchó un golpe que lo lanzó hacia atrás del susto: un golpe que dejó la marca de un puño sobre la persiana metálica. Entonces corrió, corrió y corrió sin rumbo alguno hasta que se encontró en el portal de su casa, a dónde subió y esperó.

Horas después, cuando la noche ya había hecho callar a la ciudad, volvió a la farmacia. Consiguió abrir la persiana hasta la mitad, hasta dónde la deformación del puño de la chica dejaba levantar la misma y entró. Ella dormía plácidamente, parcialmente desnuda, sobre un montón de cajas vacías de pastillas para la tos. Todo lo demás estaba destrozado, como la jaula de un jabalí embravecido. Ella respiraba pausadamente, hecha un ovillo, junto al mostrador, luciendo una sonrisa inocente y los mofletes sonrojados. Entonces, lentamente, como una inocente criatura, abrió los ojos y lo miró.

– Lo siento, yo…

– No pasa nada. Sé quién eres.

 

A. Irles