Van Gogh: pequeños secretos femeninos.

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“Petits secrets féminins”  Illustration de l’artiste italien Amleto Dalla Costa

 

Llevaba varios días solo, vagando sin rumbo fijo, buscando la nada con la mirada vaga y perdida en mis pensamientos desparramados por las calles húmedas de París. Ese día era un día cualquiera, otro más. Pero era París, dónde andar perdido parece de lo más común. Como cada mañana, comencé a caminar temprano y no paré hasta que el dolor de pies me lo pidió. Cuándo eso pasaba, levantaba la vista y buscaba una boca de metro, y desaparecía de la ciudad hasta el día siguiente. Pero ese día desemboqué, sin saber cómo, frente al Musee d’Orsay. No me quedaban fuerzas en las piernas pero ver las puertas del museo me trajo a la memoria la fresca sorpresa que me dio una vez un desconocido para mi Pisarro y sus pincelada neblinosa que lo hacía brillar sobre los demás impresionistas de la exposición. Eso quedaba muy lejos, pero quería ver otra vez su pincelada y apenas había cola. De hecho, en la cola estábamos solos: ella y yo. Ella estaba de espaldas a mi, hablando un francés suave pero alegre y vivo como el rojo de su pelo. De su cuello me llegaba un aroma cítrico como de rama de naranjo recién partida. Algo verde aún. Ella compró su entrada y se giró ofreciéndome su perfil. Se arregló el pelo tras la oreja y se despidió de la cajera sin regalarme un vistazo. Le vi coger un plano en español del museo y se adentró en el museo con paso ligero, apenas contoneando su fina silueta entallada en sus vaqueros claros: parecía patinar al hacer danzar sus tacones rojos adelante y atrás. Se paró, repentinamente, en la mitad de la sala de las estatuas muertas para ella que solo leía el mapa sin prestarles atención. Todo parecía escaparse hacia otra parte menos ella, hasta  que pareció encontrar en el plano lo que buscaba hasta que lo encontró y fue ella la que desapareció deslizándose sobre el suelo de reluciente granito y permitiendo a las estatuas volver a su espacio propio.

Excuse-moi, monsieur…

La señorita del mostrador me miraba impaciente mientras despotricaba por lo bajo en francés.

Oui, excuse-moi madamme, je voudrais un ticket pour l’exposition generale, s’il vous plaît – le dije usando mi mejor francés.

Tardamos un poco en entendernos, supongo que debido al enfado que tenía acumulado contra mi por hacerla esperar, pero conseguí mi entrada y mi plano en español. Lo examiné, igual que había hecho antes la chica pelirroja, en la planta baja, rodeado de estatuas que me observaban ansiosas de atención. Impresionistas, impresionistas… mi dedo índice recorría el plano hasta que los encontré: tenía que ir al final de la sala y tomar las escaleras mecánicas para subir al último piso. Lo hice cruzando la sala central girando la cabeza a izquierda y derecha sin parar de buscarla a ella. Llegué, en cuestión de un par de minutos, a la Galerie des Impressionistes en el nivel superior. La recorrí con el mapa en la mano, ávido de Pisarro y de chocarme con ella. Sisley, Monet, Cezanne… todos pasaron por mi lado como relámpagos. Incluso a Pisarro lo abandoné tras apenas un vistazo, resultándome mucho más oscuro y fúnebre de lo que lo recordaba. Ella no estaba en esa planta… Me cercioné recorriendo todas las salas de la planta, en un sentido y en otro, un par de veces, parándome de vez en cuándo frente a alguna obra para disimular ante mi mismo. Luego bajé al nivel intermedio, aterrizando frente a otro montón de estatuas hechas de metales oscuros: ellas también parecían buscar algo (y no era a mi).

Después fue cuándo me encontré rodeado de luces frente ante un mar de colores, de ondas saliendo de las paredes y abrazando a la gente que caminaba sonámbula por la sala. Doble, arrugué más bien, el plano entre los dedos y me adentré en ese océano inesperado. El humo azul, alienado y turbulento de una casa verde me hipnotizó: era un Van Gogh, tan exprimido y mal vendido en los medios que mi pecho no estaba para nada preparado para la opresión fantasmagórica que sufrió al ver la realidad oscilar en tantos colores frente a mi. Luego seguí andando y no sé cuánto tiempo estuve frente a ese cuadro, ni recuerdo cómo llegué a sentarme frente a él, pero desperté de mi ensoñación sentado frente a L’eglise d’Auver-sur-Oise. En ese cuadro, Van Gogh mostraba dos caminos que desaparecían absorbidos por la ténebre iglesia cuya sombra devoraba un jardín verde e indefenso. La noche se cernía sobre una mujer apenas esbozada y que había elegido uno de los dos caminos, el de la izquierda. Andaba confiada mientras el edificio se cernía sobre ella, curvándose, engañándola, ofreciéndole el camino de la izquierda a la vez que le ocultaba, con su fachada, la espesa noche que caía.

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L’Eglise d’Auvers-sur-Oise, Van Gogh (Musee d’Orsay, Paris)

– ¿Qué te parece? – me preguntó una voz tímida.

Era ella, sentada junto a mi, sonriéndome con sus ojos grises y verdes y sus mejillas ligeramente sonrojadas. Me sonreía y tamborileaba silenciosamente un bolígrafo sobre un blog de notas. Yo la miraba y no hablaba. Solo la miraba.

Est-ce que vous parle espagnol? – me volvió a preguntar señalando el panfleto que yo apretujaba entre los dedos.

Me sonrojé hasta que me ardieron las orejas y ella sonrió liberando sus pequeños dientes blancos de la carnosa prisión de carmín rojo que los retenía.

– Sí, perdona. Me encantan – dije mirando fijamente sus labios entreabiertos – me encanta, el cuadro.

– Claro, el cuadro. A mi también.

Volvió a sonreír y se giró a embelesarse otra vez con el cuadro. Lo escudriñaba centímetro a centímetro mientras escribía y escribía, a ciegas. Desapareció, virtualmente, desapareció de la sala. La vi irse hacia otra dimensión, vi cómo sus ojos perdían el verdor de antes que era absorbido por el cuadro: la iglesia le robaba la esperanza de su mirada y la llenaba de césped sombrío. Sus dedos se movían vertiginosamente, escribiendo sin parar, apoyando la libreta sobre sus piernas cruzadas, situadas a escasos centímetros de mi, soportando el peso de su cuerpo todavía presente. Su respiración entrecortada apenas le hacía elevar los hombros y el pecho más que en mínimamente. Sus labios, tan rojos como antes, susurraban parte de las palabras que escribía.

Quise decirle algo, romper el hechizo y traerla de vuelta, sentirla cerca otra vez pero solo se me ocurría besarla, decirle que necesitaba conocerla… Hola, quizás, me llamo… Entonces recordé una tontería de una serie: recordé que en un capítulo de esa serie la trama se basaba en que en ese cuadro aparecía alguien dibujado en una de las ventanas, avisando a la señora del peligro.

– Ya había visto este cuadro – dije carraspeando por la timidez – en la tele, pero no se parecía nada, la verdad. En vivo es… increíble.

No se me ocurrió usar ningún otro adjetivo que increíble. Ella no me contestó, no dejó de escribir, no me miró.

– ¿Ves a esa persona en la ventana? – bromeé.

Ella clavó el bolígrafo en el papel y desdibujó una línea negra desde mitad de una palabra hasta el final de la hoja, cerró la libreta y bajó la cabeza temblando.

– ¿Estás bien? Perdona, no quise molestarte – dije bajando la voz.

Se giró hacia mi con los labios apretados, tensos como dos cables tirando de extremos opuestos de un puente colgante. Su cuello parecía retorcido bajo sus mandíbulas huesudas que le marcaban un perfil afilado, serio. Sus ojos, inundado de ramificaciones rojas y microscópicas me suplicaron algo que no llegué a entender y entonces su párpados se hincharon y comenzaron a desbordarse por la lágrimas que le resbalaban por las mejillas y las mandíbulas hasta empaparle el cuello. Ella seguía atravesándome con su mirada impertérrita. Todo pasó en un segundo, luego, suavizó el temblor de su labio inferior separándolo ligeramente del superior, dejó de morder el aire y exhaló una bocanada de aire.

– ¿Tú también la ves? – me preguntó

No me dio tiempo a contestar pues enseguida entendió, por mi cara de estupefacción, que le había gastado una broma y se levantó y desapareció de la sala sin darme tiempo a reaccionar.

– ¡Oye! ¿¡Dónde vas!? – grité ya tarde para alcanzarla.

Se llevó sus secretos pero se dejó el bloc de notas.

 

A. Irles