Otra resaca más ¿y ya van demasiadas?

Ya son muchas resacas. Demasiadas, quizás. O eso dice uno siempre cuando despierta con las sienes zumbándole al ritmo del pulso acelerado, espeso y excitado…

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Eso mismo dije hace 3 años, una mañana de agosto en la que tenía que ir a trabajar y apenas sabía en que ciudad estaba. Cosas de Berlín, cosas que pasan en algunos sitios y cosas que hacen que uno empiece aventuras como la que decidí empezar ese día con este blog:

Otra Resaca Más. Y entonces aún no eran demasiadas. Ni aun lo son.

Tres años de aventuras, de caídas, de subidones, de masturbaciones literarias y violaciones mentales. Tres años en los que he visto arder naves más allá del jodido cinturón de Orión y a los dos lados de la avenida Blasco Ibañez y luego las he visto renacer magulladas pero orgullosas e indestructibles mientras yo me ahogaba en un vaso de mierda. Tres años en los que estas páginas me han servido más de lo que uno puede imaginar.

Pero ha llegado la hora… la hora de seguir adelante, de aparcar por un tiempo el blog y demostrarme que puedo ir más allá. ¿Puedo? No lo sé, pero voy a intentarlo. Quiero dejar de tocarme y pasar ya a follar, creo que el entrenamiento ha valido la pena. Lo he hecho mejor o peor, más o menos asiduamente, con más o menos acierto, con más o menos prepotencia pero siempre he disfrutado. Siempre he intentado algo nuevo, siempre me he llevado un paso más allá o mas acá y he aprendido. Me he conocido más, me he odiado más, me he amado más y he comprendido que da igual: que voy a tener que aguantarme toda la vida sea cuál sea la opinión que tenga sobre mi. Y todo eso bañado en letras y en alcohol exudado.

Ahora noto que ha llegado otro tiempo. Un tiempo de nuevos proyectos y ansias.


Si eres editor/a

y te gustan mis textos, contacta conmigo, estaré encantado de hablar contigo sobre lo que tengo entre manos (y también sobre mis trabajos en curso).


No abandono el barco, solo que me veréis menos pues tengo cosas (grandes e hinchadas por mi ego) entre manos y me necesitan casi tanto como yo a ellas.

No os vayáis, vendré de vez en cuando. Lo prometo. Pasad a visitarme por mi tumblr

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A. Irles

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El punto ciego

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Extracto del prólogo del libro “El punto ciego” de Javier Cercas.

[..] Esas respuestas de las novelas del punto ciego —esas respuestas sin respuesta o sin respuesta clara— son para mí las únicas respuestas verdaderamente literarias, o por lo menos las únicas que las buenas novelas ofrecen. La novela no es el género de las respuestas, sino el de las preguntas: escribir una novela consiste en plantearse una pregunta compleja para formularla de la manera más compleja posible, no para contestarla, o no para contestarla de manera clara e inequívoca; consiste en sumergirse en un enigma para volverlo irresoluble, no para descifrarlo (a menos que volverlo irresoluble sea, precisamente, la única manera de descifrarlo). Ese enigma es el punto ciego, y lo mejor que tienen que decir estas novelas lo dicen a través de él: a través de ese silencio pletórico de sentido, de esa ceguera visionaria, de esa oscuridad radiante, de esa ambigüedad sin solución. Ese punto ciego es lo que somos.

Javier Cercas.

No soy feminista

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Paint by Eric Zener

No soy feminista. A veces, en mis momentos más introspectivos (esos que tiene uno en el metro cuándo se emboba mirando algún cartel) pienso que amo a las mujeres más que a los hombres, que son más bondadosas, más fuertes, más capaces… Me vienen a la mente frases dilapidarias cómo: “el mundo, dentro de poco, acabará gobernado por ellas” o, incluso, “no habría guerras si nos gobernaran las mujeres” vamos que me doy cuenta que a lo mejor resulta que soy tan feminista y simple como lo puede ser Bertín Osborne. Pero no, no me engaño más allá de esos ratitos de evasión en el transporte público, no soy feminista, lo tengo claro. Tan claro cómo que no soy una mujer.

¡Insolidario! ¡Carca! Buuhhh

Lo que queráis, pero es cierto. No soy mujer y además soy heterosexual, en el sentido más clásico, pues nunca he sentido la atracción hacia ningún hombre de la misma forma que la siento hacia las mujeres. Así que nunca he sentido ninguna presión en mi vida por ser lo que soy.

De pequeño nadie me dijo que no parecía un príncipe si llegaba a casa con los pantalones llenos de barro, es más, al llegar así parecía un príncipe valiente, un guerrero… y vale que me llevaba algún capón de mi madre, pero todos los héroes sufren, a veces, injurias. Nadie me dijo que eructar en la mesa no era cosa de señoritos, pero sí que era cosa de niños traviesos. Ni me dijeron que decir palabrotas era impropio de mi sexo: era de niños malos o, simplemente, graciosos, monos, simpáticos. No me dijeron que cerrara las piernas al sentarme porque así no le iba a gustar a las princesas, ni me llamaron la atención por no hablar como se supone que habla un chico de mi edad y si me castigaban por pelearme, al final, siempre me preguntaban que quién había ganado.

No soy feminista porque de pequeño lo peor que podía hacer era ser malo, travieso… un bribonzuelo de corazón noble. Nunca nadie me dijo que los niños no hacen tal o cuál cosa, que tenía que estar guapo, que tenía que vestir como un niño mayor. Nos reíamos en casa cuándo mi abuela me pelaba las aceitunas (sí, me las pelaba) y luego reñía a mi hermana al no levantarse a por agua cuándo la jarra se vaciaba (aunque la vaciara yo mientras comía mis diminutos trocitos de aceitunas peladas).

No soy feminista porque crecí con el Rey León, Aladín que eran para chicos y la Sirenita o la Bella y la Bestia que eran para chicas, pero en todas aprendí que podía cometer errores, que podía ser feo (aunque entonces tendría que ser rico) y que todas las tías buenorras (Ariel, ay Ariel ¡qué erecci… qué recuerdos de infancia!) del mundo se matarían por mi, abandonarían a su familia, sus principios y su propio orgullo por mi. Como hombre podía conseguir cualquier cosa (y cualquier mujer) con estos ingredientes: esfuerzo, trabajo, dinero, orgullo, superación PERSONAL. ¿Cómo coño iba a ser feminista? Lo que quería era ser una horrible bestia, inconmensurablemente rica y dictatorial, y así poder destripar a todos mis enemigos a la vez que la mujer perfecta y más cañón del pueblo me la chupase y me suplicase que la desvirgase y que nos grabaramos para enviarle el video al capullo de su ex (más o menos tan idiota como yo, pero un poco más pobre).

 

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Hyper realistic paintings by Linnea Strid

 

Yo no engordaba, o al menos nadie me lo decía. Es más, me intentaban engordar para parecer más sanote. Nadie se metía con lo que leía o veía en la tele, pues lo que me gustaba, aunque fuese raro, era “de chicos”. Nunca nadie me insinuó que algún día mi piel se secaría y/o arrugaría o lo que fuese: si me daba el sol demasiado, me gritaban que tenía que cuidar mis lunares, no que la piel se me iba a cuartear y que me la tendría que hidratar cuando fuera mayor pues si no no iba a conseguir novia. “¿Vas a salir así?”, me lo podían decir, pero no por ir hecho una puta o por provocando, si no por ir feo, por reducir mis posibilidades de pillar cacho.  “¿Habrá chicas en la fiesta?” me preguntaban guiñándome un ojo.

Los anuncios de televisión, especialmente en Navidad y a partir de mi adolescencia (por cierto, ¿cuándo acaba la adolescencia esta?) no me añadían ni me añaden más presión que en mi pantalones. A veces, hambre. Sí, vale, el tipo del anuncio de la colonia tiene que ser guapo, tener barba de un par de días y todo eso pero es la tipa sirenoide la que se arrastra hacia él.

Que  mis padres me pillaran magreándome (hasta límites no aptos para ser contados en este humilde blog para todos los públicos) con una desconocida en la plaza de más tránsito de mi pueblo solo se traducía en una risa socarrona y cómplice y en una palmadita en la espalda. No quiero ni imaginar lo que habrían pensado los padres de la chiquita… ni quiero imaginar las “palmaditas” en la espalda que habría recibido. Mis colegas me decían que se parecía a la guarrilla del Bar Coyote, que que suerte que tenía de haberla magreado. Imagino que sus amigas también le dirían lo de guarra pero no lo del Bar Coyote.

Puedo ir de resaca al trabajo, que está mal, sí, pero pensarán que he pillado cacho, que soy un vividor y, excepto mi jefe que igual se mosquea (a veces ni eso, la verdad), me preguntarán envidiosos y envidiosas que si era morena o rubia. Algún compañero o compañera hasta me invitará a un café… y me contará lo desvergonzada que es tal o cuál porque la vio borracha el otro día de fiesta.

Puedo casarme en converses y nadie me diría nada, me aplaudirían y todo. Puedo, borracho, sacarme la polla en un pub y mear en la barra o en una esquina y me llamarán loco, personaje, depravado… pero nadie dirá que soy un fulano, un tío fácil, nadie asumirá que estoy ansioso por un coño o una polla, ni nadie pensará que soy más o menos propenso a vender mi cuerpo por dinero.

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Paint by Alissa Monks

 

Cuándo tenga arrugas en el contorno de los ojos y canas en el pelo, seré un madurito sexy, no una MILF. Podré tener sexo con todas las veinteañeras que quiera (que pueda, en realidad, aunque a veces parezca que ni haga falta que quieran del todo) y eso añadiría, cada vez, una estrellita a la epopeya de mi legendaria historia de madurito sexy. Sin explicaciones, con una sonrisa, un reloj nuevo y un descapotable rojo, ya tendré lo que necesito, porque esas zorritas se mojan solo con ver estas tonterías. ¿Cómo voy a ser feminista? ¿Cómo voy a ser feminista si cada día ellas se tienen que pelear entre ellas a cara de perro para, la vencedora, caer rendida a mis pies? Ellas pelean, nosotros recogemos a la vencedora. Y todo regado de cientos de euros en cosméticos, ropas, complementos ondeados como estandartes de guerra y nosotros somos el castillo a conquistar.

No soy feminista porque me ha costado días recopilar estos ejemplos y cada vez los encuentro más absurdos y naïfs… Es sólo la superficie, lo sé, pero ni de coña me atrevería a rascar más, pues sería como espiar el interior de una casa usando la parte de fuera de la mirilla.

Y es que yo puedo ser de izquierdas, de derechas, capitalista o comunista, socialista, religioso o no pero puedo cambiar de opinión fácilmente por dos simples razones:

  1. voy a morir y tendré más miedo a hacerlo en algunos momentos eso me hará replantearme mis valores y creencias
  2. hoy soy, supongo, clase media, pero puedo llegar a no serlo… puedo convertir ese miedo (o esperanza) en solidaridad o en opresión (ya depende de mi).

Mis valores sociales, mis inclinaciones políticas dependen del grado de empatía que tenga con mis congéneres. ¿Puedo ser, hombre hetero normal, totalmente empático con las mujeres? ¿Acaso entendemos algo? ¿No parece que, en cualquier lugar del mundo y bajo cualquier condición, ellas tienen dos barreras que superar? Deben superar la barrera de la vida, que es jodida allá dónde vayas, y la otra, la extra, la que yo no puedo entender y cuándo atisbo algo sobre ella, me acojono de vergüenza. No soy feminista porque, a veces, prefiero seguir siendo ciego y disfrutar de mi comodidad. No lo soy porque me da miedo pensar en lo que nos convertiríamos, los hombres (todos), si perdiéramos nuestros derechos de “machos dominantes” de la especie, o ¿acaso no es obvio nuestro comportamiento cuándo nuestro poder se ve acomplejado? Nos convertimos en matones, tristes borrachos sin dignidad, tiranos, dictadores, adictos, maltratadores… en unos animales enjaulados y acobardados.

No soy feminista porque es una causa demasiado ambiciosa que me supera  y mentiría si dijera que lo soy. Pero, aun así,  prometo que haré lo posible, que me esforzaré y si no llego… os pido que me lo recordeis. Recordádnoslo a todos, las veces que haga falta. No nos dejéis seguir siendo lo que somos ni seguir haciéndoos lo que os hacemos. Por favor. No tengáis piedad.

 

A. Irles

 

 

La primera vez que me puse pajarita (#PrimeraVezBook)

Me tomé un carajillo para empezar fuerte el que era mi primer día como Director Regional, y me fui directo a la sucursal sabiendo que esta vez iría al piso de arriba. Aun así, al llegar, saludé a todos uno a uno, regalándoles a sus insípidas corbatas y camisas de empleados rasos un poco del brillo de mi pajarita nueva y de las hebillas doradas de mis tirantes. Ellas cuchicheaban entre sí y ellos bajaban la mirada ante el el nuevo macho alfa.

– Dolores, súbame los informes de peticiones de prestamos que quiero empezar mi primer día creando empleo en este país, que falta hace. Y súbeme también un café solo.

Tardó cinco minutos, los que tuve para inspeccionar los cajones y probar todas las palancas y botones del nuevo sillón de cuero que presidía la enorme mesa de cristal translúcido, la mesa que siempre había visto desde el otro lado. Lola tocó la puerta cuando yo estaba de pie mirando la plaza desde el ventanal.

– Pasa, pasa.

Sin darme la vuelta pude oler el extra de perfume cálido recién pulverizado sobre su cuello y oí como dejaba los papeles y el café sobre la mesa.

– Gracias, Lola, que bien hueles, por cierto.

– De nada, señor Sánchez, y… gracias – se llevó la mano al cuello dónde aún se veía la humedad del perfume recién puesto.

– Alberto, por favor, con Alberto sobra.

Me sonrió, dos veces. La primera vez educadamente, como mi subordinada, la segunda como solo una mujer sabe hacerlo cuándo la piropea y a la vez que da se da cuenta que te has fijado en ese botón del escote que ahora lleva desabrochado y antes no.

 

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Imagen de Juan Nepomuceno

 

(…)

 

A. Irles

 

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(pero no seáis agonías y seguid leyendo el post)

 

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Estas navidades (en minúscula), que tanto me alegran y me llenan de satisfacción, tengo el blog echando humo. Empecé el diario de #ElFantasmadelaNavidad como vía de escape. ¿Para qué? Para no matar a ninguna asesina a sueldo de esas que te echan colonia asaltándote en un pasillo de centro comercial, sí esas que se agazapan como panteras y huelen la sangre como hienas. Para reducir el tamaño de las úlceras que, como la energía, ni se crean ni se destruyen sólo se transforman al ritmo de oferta, de turrón duro, cuñados c̶o̶m̶e̶m̶i̶e̶r̶d̶a̶s̶ sabelotodos y felicidad vomitada hasta en la saciedad (sin contar con el estrés pre-post-vacacional).

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