Schöpenauer y música de ascensores

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(Fotografía: http://www.flickr.com/photos/22746515@N02/4101974109/)

En el coche, mientras paseas, cuando entras a una tienda, mientras comes o mientras te duchas. Siempre, siempre música. Hasta en los ascensores, una banda sonora que nos acompaña pero a la vez nos apantalla de nuestra realidad, de nuestro ‘yo’ íntimo que solo conocemos mediante la introspección. Pero no sólo música, siempre encontramos algo. ¿Conocéis a alguien que viaje en metro o tren o avión sin leer, escuchar música o jugar a cualquier cosa? Un rato vale, pero enseguida nos invade cierta incomodidad.

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Estereotipos con hielo (del tiempo)

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café del tiempo

       – Un café con hielo, por favor.

Parece un deseo sencillo de satisfacer, ¿no? Y más si estás en una cafetería…Pero nada es sencillo y menos con café de por medio. Todos sabemos (aunque no sepamos que lo sabemos) que el café y el alma de un pueblo están muy unidos, al menos aquí, en la mediterránea (y no tanto) Europa. La forma de pedirlo, de servirlo, de beberlo… Todo está unido al alma del pueblo.

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Diálogos (interiores)

– Hola, buenos días, ¿puedo ayudaros?

– Emmmm… no… solo estamos mir…

– ¡Si! – mierda…ya estamos. No queremos nada, no quiero nada, y ella, ¡hala! Seguro que solo lo hace por joderme… – estabamos buscando una americana de verano – que sonrisita, hija de puta…

– Ah, muy bien. Tenemos, por ejemplo, esta de aquí de cuadritos – de julai… justo todo lo contrario, en todo caso, pero... – que la tenemos en varios colores ¿qué te parece?

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Pasa el tiempo…

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Water is taught by thirst.
Land – by the Oceans passed.
Transport – by throe –
Peace – by its battles told –
Love, by Memorial Mold,
Birds, by the Snow

Emily Dickinson

Entrada publicada en Paper Front Magazine

 

Desde hace semanas ando buscando el momento, el tiempo y la inspiración para escribir sobre el LHC y, concretamente, sobre el descubrimiento del Higgs, aprovechando la efímera fama que nos ganamos hace unas semanas: la ciencia copó muchas portadas de importantes periódicos y no por alguna catástrofe.

No lo escribí debido a diversas razones, quiero pensar que la principal es que estaba madurando en mi cabeza una idea fantástica y fuera de lo común: algo didáctico, sencillo y, a la vez, interesante y atractivo. Algo así cómo “El bosón de Higgs explicado a tu abuela, pero de verdad, para que lo entienda”, y además añadirle algo de acción e intriga, incluso drama, pues lo de explicar ciencia a tu abuela está muy visto, aunque, a estas alturas mis abuelas podrían dar clases de Física en cualquier facultad. Pues eso, buscaba algo interesante, algo diferente, algo que de verdad pudiera interesarle a alguien que no tenga ni pajolera idea sobre el tema.

Otra posible idea que también manejaba e iba tomando cabeza en mi desordenada forma (¿o era al revés?) era cambiar a la abuela por un abuelo. El mío, en concreto. Darle un toque tierno a la historia en vez de la versión thriller que había pensado. Hablar de la Física y de mi abuelo, como un pequeño homenaje a él.

Y ¿por qué mezclar el cariño que le pueda tener yo a mi abuelo y el LHC? Pues porque mi abuelo era un entendido, de verdad. Siempre contaba que ha estado en decenas de escuelas pero que nunca terminó su periodo escolar (una época complicada, de verdad, aquella) y ni siquiera recuerdo que hubiese tenido nunca un gran interés por la ciencia. Pero ahora lo sabía todo sobre el LHC, creo que era su forma de estar conmigo, de acortar los kilómetros que nos separaban Era su forma de decir, no que me quería, si no que estaba orgulloso de mí… al menos eso me gusta pensar. De verdad, acojona que una persona tan increíble se muestre orgullosa de ti.

Él sabía lo que era un sincrotrón, o un gluón, sabía a cuántos teraelectronvoltíos está operando el LHC y sabía cuándo había una parada técnica o cuándo se estaba trabajando en optimizar los haces. ¡Joder!, sabía del descubrimiento del Higgs el día antes de que se anunciara y sabía lo que eso implicaba sobre la importancia de la medida precisa (y correcta) del quark top.

Desde que recuerdo, cuando en la escuela nos pedían esas típicas redacciones o ensayos sobre “¿Quién es tu ídolo?” (los de la ESO, si os habéis perdido, lo siento) siempre hablaba de mi abuelo. Luego maduré (o eso dicen) e incluí a Spider-man en la lista. Y sobre la típica pregunta de “¿A quién quieres más, a papá o a mamá?” no recuerdo qué contestaba, pero desde hace tiempo siempre he pensado: “A mi abuelo”. Y ahora era él el que mostraba esa admiración, o eso me gusta pensar, aunque sé que nunca podrá equipararse a la mía por él.

Al final no escribí nada. Una noche recibí una llamada de mi hermana. Colgué temblando y al día siguiente estaba sobre su cama. Pasé dos semanas acompañándolo, sonriendo, desbordándome emocionalmente (al menos cuando estaba solo), gastándoles bromas a los médicos y enfermeras, intentando desobedecerle cuándo me dijo que ya estaba en el final y no quería verme ahí… Al final, me gusta pensar, se fue cuando quiso, no cuándo le llamaron. Lo hizo a su manera, la correcta, como siempre.

Y después, gente, mucha gente, mucho silencio ensordedecor. Y todos se acercaban a mi: “¿Tú eres Adri, el nieto? ¿El del acelerador ese que ha descubierto ahora una partícula nueva? ¿El de los libros? ¡Tu abuelo se pasaba el día hablando de ti!, enseñándonos cosas y fotos de dónde trabajas… ¡Ay!, te quería tanto…”. Todos querían a mi abuelo, todos le respetaban y, lo más increíble, todos me conocían y todos conocían la existencia del LHC y entendían, en cierta manera, qué es lo que se hacía ahí. Sin leer blogs ni escuchar podcasts. Sin Twitter y sin Facebook. ¿Para qué iba yo ahora a escribir un artículo, si de eso ya se había ocupado mi abuelo?

Pensé entonces en hacer un alegato sobre el cariño y el respeto que debemos tener a los abuelos. El hacerlos sentir orgullosos de nosotros, como primer medio de divulgación de la ciencia. Pensé en que fue una gran pena que no hubiera podido terminar mi doctorado con él en vida, o que no lo llevase nunca al CERN a visitarlo. Pensé muchas cosas y casi todas inconexas…

Entonces, a la vuelta del tanatorio, mi hermana, una de esas personas con el especial don de saber ver y decir las cosas evidentes, me preguntó:

— ¿Sabes que es lo que el abuelo no ha llegado a ver antes de irse?

— ¿El CERN? – dije yo

— No, la nieve.

Así que decidí dejar de pensar en escribir sobre el LHC y simplemente pensé en sus huellas y en la nieve.

(Imagen: http://www.flickr.com/photos/timo_w2s/)

¿Quién es ese?

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(Imagen: flickr.com/photos/adrien-mogenet/5158297257/in/photostream/)

Me encuentro arrodillado, apoyado en el váter. Pantalones cortos y sin camiseta. Deben de ser las cuatro o cinco de la madrugada. Estoy sudando y tengo frío. Me siento embotado, o eso creo. Tengo dos dedos metidos en la boca, hasta la campanilla. Son míos, de mi mano derecha. ¿Cómo he llegado aquí? Vale, estoy en el baño, eso creo que lo tengo claro. Pero, repito, ¿cómo he llegado aquí? Sigo con los dedos en mi boca, el tiempo no corre. Estaba en la cama y me desperté repentinamente. Empapado en sudor y mareado. Sé que estaba blanco. Descolocado y tratando de averiguar en qué jodida ciudad estaba. Estaba en un hotel y estaba solo, eso lo sabía con total certeza. Siempre es lo mismo.

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El infierno de las compras

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(Imagen: flickr.com/photos/vizslah/5957619424/in/photostream/)

Y así es como acabé con Belzebú pasando frío en una terraza bebiéndome una pinta de Paulaner esperando a mi tren.

Bueno, pido disculpas por empezar por el final, ya sabéis, es lo que tengo más fresco en la memoria. Además, normalmente hasta que no llegas al final de algo no sabes muy bien dónde estaba el principio, ¿no? Estoy seguro que nadie habría contado la historia del niño Jesús en Belén si no hubiera muerto y resucitado 33 años después… (porque es un hecho contrastado que lo hizo, preguntadle a cualquier paloma en forma de espíritu santo que os encontréis y os lo confirmará). Así que, técnicamente, podría decirse que he empezado por el principio.

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