Rojo burdeos (tercera parte)

continuación de Rojo Burdeos: segunda parte y primera parte:

 

Fui a la puerta del baño decidido a esperar a que saliera con la señora: no me sería difícil hacer esperar a la japonesa un poco mientras la señora volvía a la cata y entonces podríamos entrar los dos solos al baño… o perdernos entre los viñedos. O buscar una estancia vacía en el Chateau. Recorrí el patio nervioso, sin separar la vista del baño. Fui al autobús a comprobar si podríamos entrar, pero estaba cerrado y el conductor no estaba. Me asomé a los viñedos: había espacio de sobra para perdernos entre ellos. Pero no salía. Mi polla se impacientaba en el pantalón y de allí dentro no salía el más mínimo ruido. ¿Y si tocaba a la puerta? La vieja era muy vieja, igual le había dado un síncope o algo.

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Rojo burdeos (segunda parte)

continuación de Rojo Burdeos (primera parte)

– Très interesant. Le livre. I mean.

Empecé a hablarle mezclando mi macarrónico francés con algo de inglés pero ella ni se inmutó: el sonido no atravesó su espacio vital. Le volví a preguntar, ahora solo en francés, y lo mismo. Debía ser parisina, ya no cabía duda. Entonces, de golpe, cerró el libro y se le iluminaron los ojos verdes y la sonrisa angelical que escondía: una señora de pelos estrafalarios y túnica blanca  repleta de lunas azules y estrellas doradas empezó a hablar a la multitud de guiris sedientos.

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Rojo burdeos

Me subí al autobús el primero y supongo que por eso acabé rodeado de cinco jubiladas alemanas de pelo corto y voz ronca. Me enclaustraron contra la ventana y empezaron a parlotear como cotorras hasta que la guía se apoderó del micrófono. Se llamaba Brigitte, tendría cómo ciento cincuenta y siete años y no paró de hablar ni uno solo de los cinco minutos que me mantuve despierto. Ella hablaba y continuamente insistía, ridículamente, en pedirnos disculpas por repetir todas las informaciones en francés y en inglés.

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Bourdeaux: pseudociencia y vino

Antes de empezar advierto: esto es un post “serio”, así que os tengo preparado otro decente aquí : un relato con pseudociencia, sexo, mucho vino, dos señoritas muy “entendidas” y un servidor.  (se publicará el día 8 de noviembre de 2017)

Dicho esto, ahí voy.

El vino biológico a veces está malo y a veces está bueno. Casi siempre es algo más caro que el no biológico y es discutible si de verdad es biológico o no. O al menos es algo que depende de la legislación de cada país. Lo que es cierto es que un buen vino ha de ser natural. Y cuánto más cariño tenga durante todas las fases de su producción, más sabroso, complejo y especial será.

En Bordeaux descubrí (descubrimos) algo nuevo para mi. El vino biodinámico. ¿En qué consiste? Pues es una estafa basada en los “principios de la biodinámica” postulados por un tal Rudolf Steiner. Consiste en mezclar conceptos de ecología con astrología cutre y catapúm: a forrarse vendiendo vino con olor a cabra mojada y sabor a lametón de perro viejo (de esos de improvisto, con toda la babilla). Una delicia, oiga. Y si no te gusta será porque la Luna pasaba por Geminis cuándo abriste la botella, so gilipollas.

Y es que en otra cosa no, pero en vender humo, los franceses son geniales.

A. Irles