Hokusai, el arte erótico Shunga y la chica sin nombre

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La Gran Ola Kanagawa (Katsushika Hokusai, etre 1830 y 33)

Fue en Hamburgo, hace varias vidas. Puede que hasta fuera verano durante todo el día y fue en el MKG, el Museum für Kunst und Gewerbe Hamburg. Recuerdo que con el malhumor encendido, observaba las láminas de Hokusai en las que retrataba una obsesión con el Fuji. Las escudriñaba una a una, de la última a la primera, mientras hablaba al cuello de mi camiseta y blasfemaba contra la infernal lógica del museo: antes de esta exposición (Hokusai y Manga) tenías que pasar por una galería de arte renacentista, una (más lamentable aun que la renacentista) de arte islámica y una de art nouveau. Pero lo mejor de todo era el hilo conductor, la conexión entre todas esas galerías: una exposición de zapatillas de deportes en el atrio central. No hablo de las sillas medio oxidadas y rajadas de Le Corbusier en el pasillo ni la sala patrocinada por el banco no se cuál.

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Van Gogh: pequeños secretos femeninos.

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“Petits secrets féminins”  Illustration de l’artiste italien Amleto Dalla Costa

 

Llevaba varios días solo, vagando sin rumbo fijo, buscando la nada con la mirada vaga y perdida en mis pensamientos desparramados por las calles húmedas de París. Ese día era un día cualquiera, otro más. Pero era París, dónde andar perdido parece de lo más común. Como cada mañana, comencé a caminar temprano y no paré hasta que el dolor de pies me lo pidió. Cuándo eso pasaba, levantaba la vista y buscaba una boca de metro, y desaparecía de la ciudad hasta el día siguiente. Pero ese día desemboqué, sin saber cómo, frente al Musee d’Orsay. No me quedaban fuerzas en las piernas pero ver las puertas del museo me trajo a la memoria la fresca sorpresa que me dio una vez un desconocido para mi Pisarro y sus pincelada neblinosa que lo hacía brillar sobre los demás impresionistas de la exposición. Eso quedaba muy lejos, pero quería ver otra vez su pincelada y apenas había cola. De hecho, en la cola estábamos solos: ella y yo. Ella estaba de espaldas a mi, hablando un francés suave pero alegre y vivo como el rojo de su pelo. De su cuello me llegaba un aroma cítrico como de rama de naranjo recién partida. Algo verde aún. Ella compró su entrada y se giró ofreciéndome su perfil. Se arregló el pelo tras la oreja y se despidió de la cajera sin regalarme un vistazo. Le vi coger un plano en español del museo y se adentró en el museo con paso ligero, apenas contoneando su fina silueta entallada en sus vaqueros claros: parecía patinar al hacer danzar sus tacones rojos adelante y atrás. Se paró, repentinamente, en la mitad de la sala de las estatuas muertas para ella que solo leía el mapa sin prestarles atención. Todo parecía escaparse hacia otra parte menos ella, hasta  que pareció encontrar en el plano lo que buscaba hasta que lo encontró y fue ella la que desapareció deslizándose sobre el suelo de reluciente granito y permitiendo a las estatuas volver a su espacio propio.

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Rojo Burdeos (cuarta parte y final)

continuación de Rojo Burdeos: tercera, segunda y primera parte:

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– ¿Hablas español? – pregunté sin soltar mi miembro.

Sonrió y alargó su mano hacia la mía. Sus dedos rozaron los míos y, tras unos segundos de breve lucha entre ellos, se apoderaron de mi capullo. Me sonrió, sin separar los labios, y me empujó hasta que mi espalda se encontró con el portón. Entonces entreabrió sus labios, se relamió y se agachó despacio hasta quedarse frente a mi polla. Sacó la lengua y le dio un pequeño lametazo. Apenas me la tocó pero me hizo temblar.

– Mmmm, estás goteando- susurró. Continúa leyendo Rojo Burdeos (cuarta parte y final)

Rojo burdeos (tercera parte)

continuación de Rojo Burdeos: segunda parte y primera parte:

 

Fui a la puerta del baño decidido a esperar a que saliera con la señora: no me sería difícil hacer esperar a la japonesa un poco mientras la señora volvía a la cata y entonces podríamos entrar los dos solos al baño… o perdernos entre los viñedos. O buscar una estancia vacía en el Chateau. Recorrí el patio nervioso, sin separar la vista del baño. Fui al autobús a comprobar si podríamos entrar, pero estaba cerrado y el conductor no estaba. Me asomé a los viñedos: había espacio de sobra para perdernos entre ellos. Pero no salía. Mi polla se impacientaba en el pantalón y de allí dentro no salía el más mínimo ruido. ¿Y si tocaba a la puerta? La vieja era muy vieja, igual le había dado un síncope o algo.

Toc, toc. Continúa leyendo Rojo burdeos (tercera parte)

Rojo burdeos (segunda parte)

continuación de Rojo Burdeos (primera parte)

– Très interesant. Le livre. I mean.

Empecé a hablarle mezclando mi macarrónico francés con algo de inglés pero ella ni se inmutó: el sonido no atravesó su espacio vital. Le volví a preguntar, ahora solo en francés, y lo mismo. Debía ser parisina, ya no cabía duda. Entonces, de golpe, cerró el libro y se le iluminaron los ojos verdes y la sonrisa angelical que escondía: una señora de pelos estrafalarios y túnica blanca  repleta de lunas azules y estrellas doradas empezó a hablar a la multitud de guiris sedientos.

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Rojo burdeos

Me subí al autobús el primero y supongo que por eso acabé rodeado de cinco jubiladas alemanas de pelo corto y voz ronca. Me enclaustraron contra la ventana y empezaron a parlotear como cotorras hasta que la guía se apoderó del micrófono. Se llamaba Brigitte, tendría cómo ciento cincuenta y siete años y no paró de hablar ni uno solo de los cinco minutos que me mantuve despierto. Ella hablaba y continuamente insistía, ridículamente, en pedirnos disculpas por repetir todas las informaciones en francés y en inglés.

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